IInformática Clásica

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Les dejo mi versión de la misma historia, que publiqué en fb en 2017. No sé si Eduardo habrá llegado a leerla alguna vez, son 2 versiones complementarias de un hecho que sin duda merece ser recordado.

En 1987 yo tenía 15 años, y me dedicaba a la electrónica.
Desde hacía unos tres años conocía a Alvaro Cassinelli, de mi misma edad, y a través suyo a un grupo de lo que hoy llamaríamos “geeks” de la Sinclair ZX-Spectrum. Alvaro y su gente descollaban programando en assembler, que era, en aquella época y para esa plataforma, el lenguaje con que se hacían los juegos y todos los programas “profesionales”. La ROM (no se hablaba de S.O., sino de “ROM”) de la Sinclair incluía un intérprete BASIC, con el que yo me divertía; pero los “pro” escribían directamente en assembler.

Yo tenía un “laboratorio” de electrónica; había leído sobre electrónica digital, y, a instancias de aquella gente, me había comprado un libro que enseñaba a hacer un interface hardware para la Spectrum (un libro de tapas plateadas, que vendían en una librería de libros técnicos, en la calle Colonia; no sé por qué no lo tengo más). Un día junté unos pesos, fui a una tienda de computación que quedaba en una galería del centro (“Music computer corner” creo que se llamaba) y me compré una ZX-81 usada. Con ella hice muchos experimentos, entre ellos el proyecto del libro, que consistía en una placa con 2 integrados –uno con puertas lógicas para decodificar la dirección del puerto I/O y el otro un óctuple latch, para almacenar 8 bits–. Esa placa mágica dotaba a la Spectrum (o a la ZX-81 en este caso) de 8 salidas digitales, como las GPIO que tiene hoy en día una Arduino.

Ya para 1988 yo estaba bastante familiarizado con circuitos digitales básicos, y sabía hacer pequeños periféricos para la Spectrum. Por aquella época, un tipo de periférico que nos maravillaba a todos era el famoso “lápiz óptico”, un dispositivo que permitía interactuar directamente sobre la pantalla con una especie de puntero. Parecido a lo que hoy sería una tableta gráfica, pero se hacía sobre la pantalla de la computadora. Esto era lo único que existía, dentro del universo Spectrum, asimilable a un “interfaz gráfico”. No había mouse, íconos, nada de eso (la computadora se conectaba al televisor; no tenía disco duro, tenía 48 KB de RAM [de los cuales 16K eran para la pantalla]; [email protected]; se usaba un cassettero para almacenar los programas; no había internet; etc., etc.).

Solíamos hablar con Alvaro de la tecnología de un lápiz óptico. Alvaro se había comprado uno, y estaba decepcionado porque en realidad el dispositivo era muy lento, no era “real time” como diríamos hoy. Existían 2 o 3 modelos de lápiz óptico para Spectrum, y todos ellos funcionaban como el de este video: ver video en youtube que es un DK’tronics, ni más ni menos. El tracking del lápiz se hace “por software”: al apretar una tecla (dejando el lápiz apoyado en la pantalla) la pantalla se pone negra, y aparecen unos rectángulos blancos que “buscan” la punta del lápiz (en la punta obviamente hay un fotosensor, como habrán podido adivinar). Sabíamos o imaginábamos que existía un modelo de lápiz óptico que hacía la detección “por hardware”, mucho más rápido, sin ningún rectángulo blanco, y que por lo tanto permitía dibujar a mano alzada, entre otras cosas. Pero ese lápiz “real time”, si existía, no estaba a nuestro alcance. En aquella época, sin internet, nos enterábamos de la existencia de algo en las revistas, pero para tener una idea real de cómo funcionaba un producto, la única opción era que un amigo se lo comprara, e ir a su casa a verlo. En este caso no había nada para comprar.

Yo había hecho un curso de “Radio y Televisión”, en lo que en aquella época se llamaba “Instituto Tecnológico ORT”. Todavía había televisores en blanco y negro (yo usaba uno para mi computadora) y obviamente los televisores eran CRT, a viejo y querido tubo de rayos catódicos. Yo tenía muy fresco el tema del “barrido” (scan) de la pantalla en esos televisores, y entonces se me ocurrió una idea casi obvia: implementar un contador digital, alimentado por un clock (o sea un timer/counter, como los que tiene la Arduino ahora), resetearlo con alguna señal de sincro de video, y que el fotodiodo del lápiz óptico disparara el clock del óctuple latch, almacenando el estado del contador en el preciso momento en que el barrido de la pantalla pasara por la posición del lápiz. El dato se podría leer luego desde el programa, y voilà, teníamos la posición del lápiz instantáneamente, sin necesitar la ayuda de ningún rectángulo blanco. La única duda que yo tenía era si en el “slot” de expansión de la Spectrum había alguna señal que nos pudiera servir de sincro de video. Resultó que sí, que había más de una…

Le comenté esta idea a Alvaro, y él decidió que teníamos que hablar con @Eduardo Ricobaldi. Ricobaldi era hijo de una familia amiga de los Cassinelli, era un poco mayor que nosotros, tendría unos 20 años, y era nuestro ídolo: un gurú tecnológico que, a diferencia de nosotros, tenía estudios formales, había estudiado “de verdad” electrónica. Le contamos la idea a Ricobaldi, y éste, en principio, no mostró un gran entusiasmo. Su respuesta fue algo como “mmm, podría ser”. A los pocos días, sin embargo, apareció con un prototipo real del circuito, hecho en una protoboard, y que funcionaba! Eduardo diseñó las partes de procesamiento analógico de la señal del fotosensor (el “peak detector”) algo que nosotros no habríamos podido hacer en aquel momento.

Eso fue el comienzo de lo que hoy llamaríamos un “emprendimiento”. Ricobaldi decidió que este producto había que fabricarlo y venderlo. Lo bautizamos “Loptic50”. ¿Por qué 50? Porque todos los productos tecnológicos tienen que tener un número, y 50 era el número de lecturas por segundo que nuestro lápiz podía realizar. Nuestra empresa se llamó “RGC hard-software” (Ricobaldi-Gindel-Cassinelli). Eduardo hizo casi todo el trabajo: se encargó de la gestión comercial, de comprar los componentes, de la presentación del producto, las cajas, los lápices, todo el laburo “imposible” (para nosotros). Alvaro desarrolló casi todo el paquete de software que acompañaría al producto (una parte la hizo Eduardo también). Eran varias aplicaciones, entre ellas un programa de gráficos (una especie de Corel) totalmente programado en assembler desde 0 (¿librerías? what?) y que estaba al nivel de los mejores programas de diseño gráfico para Spectrum de la época, como el ArtStudio. Mi modesta tarea consistió en armar los lápices, soldar los componentes, etc., y tuve también una mínima participación en el diseño del circuito y el PCB, tareas que fueron principalmente de Eduardo, como casi todo el resto. [nota 2019: para los que se colgaron con la parte técnica, Eduardo también hizo una pieza muy importante del software: la rutina en assembler, de bajo nivel (todo el assembler es recontra bajo nivel, pero esto es más bajo todavía) que efectuaba la lectura de la placa y en efecto calculaba la posición del lápiz; es decir, lo que hoy llamaríamos el “driver”].

Y bueno, colorín colorado, en unos pocos meses, ya a mediados de 1988 el producto estaba en las vidrieras de Maico, la principal casa de Spectrum de aquel momento (quedaba en la galería “Andfor”, en frente a la plaza del Entrevero). Habremos fabricado 15 o 20 unidades, yo no recuerdo bien, y Ricobaldi logró meterlas ahí. No sé cómo lo hizo, ni quise averiguarlo, pero la cosa no termina ahí: ¡hubo ganancias! En efecto, yo cobré algo así como 75 dólares, de la nada, sin haber puesto un peso (que, por otro lado, no tenía) y eso era un montón de plata. Poco tiempo después se terminó la moda del ZX-Spectrum, casi de golpe, y nosotros nos dispersamos como lo hace cualquiera a esa edad, por lo que no hubo segunda partida de Loptic, y tampoco hubo más RGC Hard-Software. Pero queda el recuerdo de aquella proeza, que a nosotros mismos nos sorprendió en su momento.

Hoy estoy trabajando en electrónica nuevamente. Más precisamente, en un lugar donde se escuchan muy seguido palabras como “emprendedor, incubadora, aceleradora, capital semilla, idea, proyecto, prototipo, producto, validación, mercado, innovación, startup, fondos, ANII, XX.000 USD, tecnología, investigación, desarrollo, testing” etc., y donde se palpa a diario la enorme distancia que existe entre una idea –un prototipo, incluso– y un producto final, listo para vender. Son procesos largos, que pueden tomar varios años, costosos, y que en la mayoría de los casos no cristalizan. Y esto puede pasar ya con un producto que conste únicamente de software, pero es casi seguro que ocurra cuando el proyecto involucra hardware.

Visto desde esta perspectiva, no puedo dejar de maravillarme con Loptic50. Estamos hablando, primero que nada, de un producto real, una cosa que si alguien la compraba, la llevaba a su casa y la conectaba, era seguro que le iba a funcionar e iba a poder usarla. Eso, en un artículo tecnológico que combina electrónica y software, no lo hace cualquiera. Por otro lado, éramos unos chiquilines, no había internet, no había herramientas para programar, librerías, debuggers, simuladores, nada; se programaba en assembler, o sea directamente con las instrucciones del CPU. La idea era buena, no era una super-innovación, pero tampoco una trivialidad. Era, en realidad, un gran “improvement” de un producto existente, con una implementación novedosa a nivel ingenieril. Un producto competitivo, además, con un paquete de software de buen nivel. La presentación física era lo más flojo, pero safaba; considerar que no había printers 3D, ni nada, ¡no había nada! Lo hicimos con nada, ni capital semilla, ni incubación, ni estudio de mercado, etc.; en unos pocos meses, idea, prototipo, producto y lo logramos vender.

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